Me vuelven loco las bragas de mi vecina (3)

Escrito por Golfo en Madrid

Durante dos días luché contra mi destino pero cual drogadicto que necesita una dosis y que hace lo que sea para conseguirla, no pude aguantar más y aprovechando que habían puesto una lavadora, cual vil ladrón me apoderé de tres braguitas. Rápidamente deseché dos de ellas porque no eran de ella y las devolví a su lugar. En cambio con las terceras supe que eran de su propiedad porque en cuanto me las acerqué a la nariz y a pesar del basto olor a suavizante, descubrí que su esencia seguía impregnada en la tela y cerrando la ventana, me fui con mi botín a la habitación. Una vez allí, las contemplé como un tesoro y guardándoles el respeto que se merecían, comencé a explorar con mi nariz la sutileza de su fragancia.

Nada más apreciar los vestigios que su coño había dejado sobre esa prenda, mi pene se irguió en su plenitud y me exigió que le hiciera caso. Impresionado por la rapidez con la que mi cuerpo había reaccionado, no pude evitar que pajearme soñando que un día me metía en su casa y disfrutaba de una de sus bragas antes que la lavadora diluyera irremediablemente el bálsamo sagrado que toda mujer deja en su ropa.

Lo creáis o no, mi privilegiada nariz analizó su esencia descubriendo la complejidad de los distintos olores con los que Anita había saturado esa prenda antes de ser lavada. La certeza que su química era la mejor con la que mis papilas olfativas se habían enfrentado provocó que todo mi cuerpo se rindiera a sus pies y como un autómata me dejé llevar hasta que ya dominado por la pasión, me vi lamiendo sus bragas directamente de su coño mientras mi verga convertida en un cañón descargaba mi simiente sobre las sábanas.

El placer fue indescriptible, nunca en mi vida había experimentado algo semejante y sin llegármelo a creer, no tuve que esperar para masturbarme por segunda vez con esas bragas como inspiración divina.

Habiendo saciado la urgencia, abrí el armario donde guardaba los diferentes trofeos que había acumulado en los últimos años y coloqué esas bragas en un lugar de honor, justo al lado de las de la amiga de mi hermana.

«Joder, ¡quién me iba decir que iba a encontrar la perfecta combinación de aromas en mi vecina!», medité mientras cerraba con llave la puerta que daba acceso a mi colección.

Cuarenta y ocho horas tardé en repetir mi tropelía y en esa ocasión fueron unas desgastadas bragas de color rosa mi botín. Gracias al prolongado, uso la esencia de Anita estaba todavía más presente en ellas y nada más llevármelas a la cara, mi verga se endureció como pocas veces y comprendí que a ese paso iba a convertirme en un adicto a la ropa interior de mi vecina.

«¡Es impresionante!», exclamé tratando de memorizar en mi mente los diferentes matices ocultos en esa prenda y que mi experta nariz era capaz de reconocer.

No sé las veces que machaqué mi verga con esa prenda, lo cierto es que una vez apacigüe mi calentura solo podía pensar en incrementar mi colección robándole otras bragas y como un obseso me dediqué a revisar diariamente la cuerda donde tendían su colada en busca de otro tesoro. Anita tardó tres días en lavar su ropa y cuando lo hizo para mi pesar, solo pude agenciarme un tanga casi nuevo que no satisfizo mi adicción al poseer únicamente un ligero rastro de los atributos que me tenían obnubilado.

Por eso cuando al día siguiente, descubrí unas maravillosas bragas color carne cuya tela denotaba un prolongado uso, no me pude resistir y a pesar de saber el riesgo que corría, esperé a saber que no estaba en su casa para quitárselas.

Me quedé pasmado nada más tenerlas en la mano porque con alborozo descubrí que quizás por las prisas, Anita debió darles un remojón en agua sin echarles detergente por lo que desbordaban de olores y la esencia de esa universitaria estaba presente en su plenitud. Fue tanta mi impresión que no pude aguantarme las ganas y antes de cerrar la ventana ya me estaba masturbando.

El penetrante aroma impreso en esa prenda azuzó mi lujuria toda la noche y no me cuesta reconocer que hasta el amanecer disfruté hasta la extenuación de los olores y de los sabores de ese nuevo botín, sin saber que ese robo tendría consecuencias…