Me vuelven loco las bragas de mi vecina (4)

Escrito por Golfo en Madrid

Acababa de despertarme cuando de pronto escuché que alguien llamaba al timbre. Os juro que no esperaba su visita y menos que nada más abrir la puerta, Anita me diera un empujón y se metiera en mi casa. Su cabreo era evidente y por eso empecé a sudar asún antes de oírla que de muy malos modos me pedía que le devolviera sus bragas. Al no tener defensa tarde unos momentos en contestar que no sabía de qué hablaba.

La universitaria, que se había sentado en el sofá sin pedirme permiso, sonrió al escucharme y poniendo en mis manos su móvil, me pidió que viera un video. Os podréis imaginar mi cara cuando en esa pequeña pantalla me vi robándole su opa y masturbándome a continuación.

-Puedo explicarlo- tartamudeé acojonado pensando en el escándalo que esas imágenes podían provocar si se hacían públicas.

Segura de tenerme en sus garras, la chavala soltó una carcajada mientras me amenazaba con ir a la policía sino le devolvía todas las bragas que le había robado. Confieso que me creí perdido y por eso le pedí perdón pero entonces ocurrió algo que me dejó perplejo, con un descaro impresionante esa maldita separando sus rodillas para dejarme ver su entrepierna insistió que se las diera con un tono meloso y hasta cachondo.

Ese cambio de actitud me tranquilizó lo suficiente para permitirme echar un vistazo a sus muslos y fue entonces cuando me percaté de la mancha de humedad del coqueto tanga que esa zorrita llevaba puesto.

«Le pone bruta tenerme en sus manos», me lamenté al saber que no podía hacer nada por evitarlo y por eso tras decirle que no sabía dónde las había dejado, le propuse comprárselas.

Esa cabrona soltó otra carcajada al oírme y comportándose como una puta, me hizo una oferta que no pude rechazar:

-Si me das doscientos, te las quedas y te dejo oler las que llevo puestas.

Desconozco cuanto tardé en contestar porque la belleza que podía observar entre las piernas de esa muchacha me tenía totalmente subyugado por lo que tuvo que repetírmelo otra vez para que aceptara su ofrecimiento sin rechistar y sacara de mi cartera cuatro billetes de cincuenta euros que ella se guardó en el sujetador.